Días en que salir a la calle era como enfrentarse a un ejército invisible.
La gente pasaba a su lado sin verla,
sin imaginar que detrás de sus gafas y su abrigo
se escondía un corazón con grietas… y con esperanza.
Porque aunque todo parecía oscuro,
aunque la ansiedad le gritaba que no era suficiente,
aunque la depresión le susurraba que no valía la pena seguir…
algo en ella resistía.
Una voz muy bajita.
Muy frágil.
Pero firme.
Una voz que decía:
“No te sueltes… todavía no.”
Y Alma no se soltaba.
Se aferraba a los abrazos imaginarios de su yo niña,
a las caricias de su perro,
a los rayitos de sol que lograban entrar cuando el cielo se abría un poco.
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